Madame Bovary
Madame Bovary El vestido de Emma, muy largo, arrastraba un poco; de vez en cuando, ella se paraba para levantarlo, y entonces, delicadamente, con sus dedos enguantados, se quitaba las hierbas ásperas con los pequeños pinchos de los cardos, mientras que Carlos, con las manos libres, esperaba a que ella hubiese terminado.
El tío Rouault, tocado con su sombrero de seda nuevo y con las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba su brazo a la señora Bovary madre. En cuanto al señor Bovary padre, que, despreciando a toda aquella gente, había venido simplemente con una levita de una fila de botones de corte militar, prodigaba galanterías de taberna a una joven campesina rubia. Ella las acogía, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían travesuras por detrás, provocando anticipadamente el jolgorio; y, aplicando el oído, se seguía oyendo el rasgueo del violinista, que continuaba tocando en pleno campo.