Madame Bovary
Madame Bovary Y le pasaba la mano por los cabellos lentamente. La suavidad de esta sensación le aumentaba su tristeza; sentÃa que todo su ser se desplomaba de desesperanza ante la idea de que habÃa que perderla, cuando, por el contrario, ella manifestaba amarlo más que nunca; y no encontraba nada; no sabÃa, no se atrevÃa, pues la urgencia de una resolución inmediata acababa de trastornarle.
Ella pensaba que habÃa terminado con todas las traiciones, las bajezas y los innumerables apetitos que la torturaban. Ahora no odiaba a nadie, un crepúsculo confuso se abatÃa en su pensamiento, y de todos los ruidos de la tierra no oÃa más que la intermitente lamentación de aquel pobre corazón, suave e indistinta, como el último eco de una sinfonÃa que se aleja.
—Traedme a la niña —dijo incorporándose sobre el codo.
—¿No te encuentras peor, verdad? —preguntó Carlos.
—¡No!, ¡no!