Madame Bovary
Madame Bovary La niña llegó en brazos de su muchacha, con su largo camisón, de donde salÃan su pies descalzos, seria y casi soñando todavÃa. Observaba con extrañeza la habitación toda desordenada, y pestañeaba deslumbrada por las velas que ardÃan sobre los muebles. Le recordaban, sin duda, las mañanas de Año Nuevo o de la mitad de la Cuaresma cuando, despertada temprano a la luz de las velas, venÃa a la cama de su madre para recibir allà sus regalos, pues empezó a decir:
—¿Dónde está mamá?
Y como todo el mundo se callaba:
—¡Pero yo no veo mi zapatito!
Felicidad la inclinaba hacia la cama, mientras que ella seguÃa mirando hacia la chimenea.
—¿Lo habrá cogido la nodriza? —preguntó.
Y al oÃr este nombre, que le recordaba sus adulterios y sus calamidades, Madame Bovary volvió su cabeza, como si sintiera repugnancia de otro veneno más fuerte que le subÃa a la boca. Berta, entretanto, seguÃa posada sobre la cama.
—¡Oh!, ¡qué ojos grandes tienes, mamá!, ¡qué pálida estás!, ¡cómo sudas!
Su madre la miraba.
—¡Tengo miedo! —dijo la niña echándose atrás.
Emma le cogió la mano para besársela; la niña forcejeaba.