Madame Bovary

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—¡Basta!, ¡que la lleven! —exclamó Carlos, que sollozaba en la alcoba.

Después cesaron los síntomas un instante; parecía menos agitada; y a cada palabra insignificante, a cada respiración un poco más tranquila, Carlos recobraba esperanzas. Por fin, cuando entró Canivet, se echó en sus brazos llorando.

—¡Ah!, ¡es usted!, ¡gracias!, ¡qué bueno es! Pero está mejor. ¡Fíjese, mírela!

El colega no fue en absoluto de esta opinión, y yendo al grano, como él mismo decía, prescribió un vomitivo, a fin de vaciar completamente el estómago.

Emma no tardó en vomitar sangre. Sus labios se apretaron más. Tenía los miembros crispados, el cuerpo cubierto de manchas oscuras, y su pulso se escapaba como un hilo tenso, como una cuerda de arpa a punto de romperse.





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