Madame Bovary
Madame Bovary Después empezaba a gritar horriblemente. Maldecía el veneno, decía invectivas, le suplicaba que se diese prisa, y rechazaba con sus brazos rígidos todo lo que Carlos, más agonizante que ella, se esforzaba en hacerle beber. Él permanecía de pie, con su pañuelo en los labios, como en estertores, llorando y sofocado por sollozos que lo sacudían hasta los talones. Felicidad recorría la habitación de un lado para otro; Homais, inmóvil, suspiraba profundamente y el señor Canivet, conservando siempre su aplomo, empezaba, sin embargo, a sentirse preocupado.
—¡Diablo!… sin embargo está purgada, y desde el memento en que cesa la causa…
—El efecto debe cesar —dijo Homais; ¡esto es evidente!
—Pero ¡sálvela! exclamaba Bovary.
Por lo que, sin escuchar al farmacéutico, que aventuraba todavía esta hipótesis: «Quizás es un paroxismo saludable», Canivet iba a administrar triaca cuando oyó el chasquido de un látigo; todos los cristales temblaron, y una berlina de posta que iba a galope tendido tirada por tres caballos enfangados hasta las orejas irrumpió de un salto en la esquina del mercado. Era el doctor Larivière.