Madame Bovary

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—Además, ahora van a volver los días buenos.

—¡Ah! —dijo Bovary.

El boticario, agotadas sus ideas, se puso a separar suavemente los visillos de la vidriera.

—¡Mire!, allí va el señor Tuvache.

Carlos repitió como una máquina.

—Allí va el señor Tuvache.

Homais no se atrevió a hablarle otra vez de los preparativos fúnebres; fue el eclesiástico quien vino allí a resolverlo.

Carlos se encerró en su gabinete, tomó una pluma, y, después de haber sollozado algún tiempo, escribió.

«Quiero que la entierren con su traje de boda, con unos zapatos blancos, una corona. Le extenderán el pelo sobre los hombros; tres ataúdes, uno de roble, uno de caoba, uno de plomo. Que nadie me diga nada, tendré valor. Le pondrán por encima de todo una gran pieza de terciopelo verde. Esta es mi voluntad. Que se cumpla».

Aquellos señores se extrañaron mucho de las ideas novelescas de Bovary, y enseguida el farmacéutico fue a decirle:

—Ese terciopelo me parece una redundancia. Además, el gasto…

—¿Y a usted qué le importa? —exclamó Carlos. ¡Déjeme en paz!, ¡usted no la quería! ¡Márchese!


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