Madame Bovary

Madame Bovary

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El eclesiástico lo tomó por el brazo para hacerle dar un paseo por la huerta. Hablaba sobre la vanidad de las cosas terrestres. Dios era muy grande, muy bueno; debíamos someternos sin rechistar a sus decretos, incluso darle gracias.

Carlos prorrumpió en blasfemias.

—¡Detesto al Dios de ustedes!

—El espíritu de rebelión no le ha dejado todavía —suspiró el eclesiástico.

Bovary estaba lejos. Caminaba a grandes pasos, a lo largo de la pared, cerca del espaldar, y rechinaba los dientes, levantaba al cielo miradas de maldición, pero ni una sola hoja se movió.

Caía una fría lluvia, Carlos, que tenía el pecho descubierto, comenzó a tiritar; entró a sentarse en la cocina.

A las seis se oyó un ruido de chatarra en la plaza: era «La Golondrina» que llegaba; y Carlos permaneció con la frente pegada a los cristales viendo bajar a los viajeros unos detrás de otros. Felicidad le extendió un colchón en el salón, Carlos se echó encima y se quedó dormido.

Aunque filósofo, el señor Homais respetaba a los muertos. Por eso, sin guardar rencor al pobre Carlos, volvió por la noche a velar el cadáver, llevando consigo tres libros y un portafolios para tomar notas.


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