Madame Bovary

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El señor Bournisien se encontraba allí, y dos grandes cirios ardían en la cabecera de la cama, que habían sacado fuera de la alcoba.

El boticario, a quien pesaba el silencio, no tardó en formular algunas quejas sobre aquella infortunada mujer joven, y el sacerdote respondió que ahora sólo quedaba rezar por ella.

—Sin embargo —replicó Homais, una de dos: o ha muerto en estado de gracia, como dice la Iglesia, y entonces no tiene ninguna necesidad de nuestras oraciones, o bien ha muerto impenitente, esta es, yo creo, la expresión eclesiástica, y entonces…

Bournisien le interrumpió, replicando en un tono desabrido, que no dejaba de ser necesario el rezar.

—Pero —objetó el farmacéutico— ya que Dios conoce todas nuestras necesidades, ¿para qué puede servir la oración?

—¡Cómo! —dijo el eclesiástico, ¡la oración! ¿Luego usted no es cristiano?

—¡Perdón! —dijo Homais. Admiro el cristianismo. Primero liberó a los esclavos, introdujo en el mundo una moral…

—¡No se trata de eso! Todos los textos…

—¡Oh!, ¡oh!, en cuanto a los textos, abra la historia; se sabe que han sido falsificados por los jesuitas.


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