Madame Bovary

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Entró Carlos, y, acercándose a la cama, corrió lentamente las coronas:

Emma tenía la cabeza inclinada sobre el hombro derecho. La comisura de su boca, que seguía abierta, hacía como un agujero negro en la parte baja de la cara; los dos pulgares permanecían doblados hacia la palma de las manos; una especie de polvo blanco le salpicaba las cejas, y sus ojos comenzaban a desaparecer en una palidez viscosa que semejaba una tela delgada, como si las arañas hubiesen tejido allí encima.

La sábana se hundía desde los senos hasta las rodillas, volviendo después a levantarse en la punta de los pies; y a Carlos le parecía que masas infinitas, que un peso enorme pesaba sobre ella.

El reloj de la iglesia dio las dos. Se oía el gran murmullo del río que corría en las tinieblas al pie de la terraza. El señor Bournisien de vez en cuando se sonaba ruidosamente y Homais hacía rechinar su pluma sobre el papel.

—Vamos, mi buen amigo —dijo—, retírese, este espectáculo le desgarra.

Una vez que salió Carlos, el farmacéutico y el cura reanudaron sus discusiones.

—¡Lea a Voltaire! —decía uno—; lea a D'Holbach, lea la Enciclopedia.


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