Madame Bovary

Madame Bovary

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—Lea las Cartas de algunos judíos portugueses[73] —decía el otro—; lea la Razón del cristianismo, por Nicolás, antiguo magistrado.

Se acaloraban, estaban rojos, hablaban a un tiempo, sin escucharse; Bournisien se escandalizaba de semejante audacia; Homais se maravillaba de semejante tontería; y no les faltaba mucho para insultarse cuando, de pronto, reapareció Carlos. Una fascinación le atraía. Subía continuamente la escalera.

Se ponía enfrente de Emma para verla mejor, y se perdía en esta contemplación, que ya no era dolorosa a fuerza de ser profunda.

Recordaba historias de catalepsia, los milagros del magnetismo, y se decía que, queriéndolo con fuerza, quizás llegara a resucitarla. Incluso una vez se inclinó hacia ella, y dijo muy bajo: «¡Emma! ¡Emma!». Su aliento, fuertemente impulsado, hizo temblar la llama de los cirios contra la pared.

Al amanecer llegó la señora Bovary madre; Carlos, al abrazarla, se desbordó de nuevo en llanto. Ella trató, como ya lo había hecho el farmacéutico, de hacerle algunas observaciones sobre los gastos del entierro. Carlos se excitó tanto que su madre se calló, a incluso le encargó que fuese inmediatamente a la ciudad para comprar lo que hacía falta.


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