Madame Bovary
Madame Bovary Carlos se quedó solo toda la tarde: habían llevado a Berta a casa de la señora Homais; Felicidad seguía arriba, en la habitación, con la tía Lefrançois.
Por la tarde recibió visitas. Se levantaba, estrechaba las manos sin poder hablar, después se sentaban unos junto a los otros formando un gran semicírculo delante de la chimenea. Con la cabeza baja y las piernas cruzadas, balanceaba una de ellas dando un suspiro de vez en cuando.
Y todos se aburrían enormemente, pero nadie se decidía a marcharse.
Cuando Homais volvió a las nueve (no se veía más que a él en la plaza desde hacía dos días), venía cargado de una provisión de alcanfor, de benjuí y de hierbas aromáticas. Llevaba también un recipiente lleno de cloro para alejar los miasmas.
En aquel momento, la criada, la señora Lefrançois y la señora Bovary madre daban vueltas alrededor de Emma terminando de vestirla, y bajaron el largo velo rígido que le tapó hasta sus zapatos de raso.
Felicidad sollozaba:
—¡Ah!, ¡mi pobre ama!, ¡mi pobre ama!
—¡Mírela —decía suspirando la mesonera—, qué preciosa está todavía! Se diría que va a levantarse inmediatamente.
Después se inclinaron para ponerle la corona.