Madame Bovary

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Hubo que levantarle un poco la cabeza, y entonces un chorro de líquido negro salió de su boca como un vómito.

—¡Ah! ¡Dios mío!, ¡el vestido, tened cuidado! —exclamó la señora Lefrançois—. ¡Ayúdenos! —le decía al farmacéutico. ¿Acaso tiene miedo?

—¿Miedo yo? —replicó encogiéndose de hombros—. ¡Pues sí! ¡He visto a tantos en el Hospital cuando estudiaba farmacia! ¡Hacíamos ponche en el anfiteatro de las disecciones! La nada no espanta a un filósofo; a incluso, lo digo muchas veces, tengo la intención de legar mi cuerpo a los hospitales para que sirva después a la ciencia.

Al llegar el cura preguntó cómo estaba el señor, y a la respuesta del boticario, replicó.

—¡El golpe, como comprende, está todavía muy reciente!

Entonces Homais le felicitó por no estar expuesto, como todo el mundo, a perder una compañía querida; de donde se siguió una discusión sobre el celibato de los sacerdotes.

—Porque —decía el farmacéutico— ¡no es natural que un hombre se arregle sin mujeres!, se han visto crímenes…

—Pero ¡caramba! —exclamó el eclesiástico—, ¿cómo quiere usted que un individuo casado sea capaz de guardar, por ejemplo, el secreto de la confesión?


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