Madame Bovary
Madame Bovary Homais atacó la confesión, Bournisien la defendió, se extendió sobre las restituciones que hacía operar. Citó diferentes anécdotas de ladrones que de pronto se habían vuelto honrados, militares que habiéndose acercado al tribunal de la penitencia habían notado que se les caían las vendas de los ojos. Había en Friburgo un ministro…
Su compañero dormía. Después, como se ahogaba un poco en la atmósfera demasiado pesada de la habitación, abrió la ventana lo cual despertó al farmacéutico.
—Vamos, ¡un polvito de rapé! —le dijo—. Tómelo, le despabilará.
En algún lugar, a lo lejos, se oían unos alaridos ininterrumpidos.
—¿Oye usted ladrar un perro? —dijo el farmacéutico.
—Se dice que olfatean a los muertos —respondió—. Es como las abejas: escapan de la colmena cuando muere una persona.
Homais no hizo ninguna observación sobre estos prejuicios, pues se había dormido.
El señor Bournisien, más robusto, continuó algún tiempo moviendo los labios muy despacio; después, insensiblemente, inclinó la cabeza, dejó caer su gordo libro negro y empezó a roncar.