Madame Bovary

Madame Bovary

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Estaban uno enfrente del otro, con el vientre hacia fuera, la cara abotargada, el aire ceñudo, coincidiendo después de tanto desacuerdo en la misma debilidad humana; y no se movían más que el cadáver que estaba a su lado, que parecía dormir.

Cuando Carlos volvió a entrar, no los despertó. Era la última vez. Venía a decirle adiós.

Las hierbas aromáticas seguían humeando, y unos remolinos de vapor azulado se confundían en el borde de la ventana con la niebla que entraba.

Había algunas estrellas y la noche estaba templada.

La cera de los cirios caía en gruesas lágrimas sobre las sábanas. Carlos miraba cómo ardían, cansándose los ojos contra el resplandor de su llama amarilla.

Temblaban unos reflejos en el vestido de raso, blanco como un claro de luna. Emma desaparecía debajo, y a Carlos le parecía que, esparciéndose fuera de sí misma, se perdía confusamente en las cosas que la rodeaban, en el silencio, en la noche, en el viento que pasaba, en los olores húmedos que subían.

Después, de pronto, la veía en el jardín de Tostes, en el banco, junto al seto de espinos, en el umbral de su casa, en el patio de Les Bertaux. Seguía oyendo la risa de los chicos alegres que bailaban bajo los manzanos; la habitación estaba llena del perfume de su cabellera y su vestido le temblaba en los brazos con un chisporroteo; y era el mismo, aquel vestido.


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