Madame Bovary

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Estuvo mucho tiempo así recordando todas las felicidades desaparecidas: su actitud, sus gestos, el timbre de su voz. Después de una desesperación venía otra, y siempre, inagotablemente, cómo las olas de una marea que se desborda.

Sintió una terrible curiosidad: despacio, con la punta de los dedos, palpitante, le levantó el velo. Pero lanzó un grito de horror que despertó a los que dormían. Lo llevaron abajo, a la sala.

Después vino Felicidad a decir que el señor quería un mechón de pelo de la señora.

—¡Córtelo! —replicó el boticario.

Y como ella no se atrevía, se adelantó él mismo, con las tijeras en la mano. Temblaba tanto, que picó la piel de las sienes en varios sitios. Por fin, venciendo la emoción, Homais dio dos o tres grandes tijeretazos al azar, lo cual dejó marcas blancas en aquella hermosa cabellera negra.

El farmacéutico y el cura volvieron a sumergirse en sus ocupaciones, no sin dormir de vez en cuando, de lo cual se acusaban recíprocamente cada vez que volvían a despertar. Entonces el señor Bournisien rociaba la habitación con agua bendita y Homais echaba un poco de cloro en el suelo.


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