Madame Bovary

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Felicidad había tenido la precaución de poner para ellos, sobre la cómoda, una botella de aguardiente, un queso y un gran bizcocho. Por eso el boticario, que no podía más, suspiró hacia las cuatro de la mañana:

—¡La verdad es que de buena gana me tomaría algo!

El eclesiástico no se hizo rogar; salió para ir a decir misa, volvió, después comieron y bebieron, bromeando un poco, sin saber por qué, animados por esa alegría vaga que nos invade después de sesiones de tristeza; y a la última copa, el cura dijo al farmacéutico, dándole palmadas en el hombro:

—¡Acabaremos por entendernos!

Abajo, en el vestíbulo, encontraron a los carpinteros que llegaban. Entonces Carlos, durante dos horas, tuvo que soportar el suplicio del martillo que resonaba sobre las tablas. Después la depositaron en su ataúd de roble que metieron en los otros dos; pero como el ataúd era demasiado ancho, hubo que rellenar los intersticios con la lana de un colchón. Por fin, una vez cepilladas, clavadas y soldadas las tres tapas, la expusieron delante de la puerta; se abrió de par en par la casa y empezó el desfile de los vecinos de Yonville.

Llegó el padre de Emma. Se desmayó en la plaza al ver el paño negro.


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