Madame Bovary

Madame Bovary

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Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la llevaban a la capilla, adonde se entraba desde el refectorio por un largo corredor. Jugaba muy poco en los recreos, entendía bien el catecismo, y era ella quien contestaba siempre al señor vicario en las preguntas difíciles. Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en medio de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se fue adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la frescura de las pilas de agua bendita y del resplandor de las velas.

En vez de seguir la misa, miraba en su libro las ilustraciones piadosas orladas de azul, y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado Corazón atravesado de agudas flechas o el Buen Jesús que cae caminando sobre su cruz. Intentó, para mortificarse, permanecer un día entero sin comer. Buscaba en su imaginación algún voto que cumplir. Cuando iba a confesarse, se inventaba pecaditos a fin de quedarse allí más tiempo, de rodillas en la sombra, con la cara pegada a la rejilla bajo el cuchicheo del sacerdote. Las comparaciones de novio, de esposo, de amante celestial y de matrimonio eterno que se repiten en los sermones suscitaban en el fondo de su alma dulzuras inesperadas. Por la noche, antes del rezo, hacían en el estudio una lectura religiosa.


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