Madame Bovary
Madame Bovary Era, durante la semana, algún resumen de Historia Sagrada o las Conferencias del abate Frayssinous[18], y, los domingos, a modo de recreo, pasajes del Genio del Cristianismo[19]. ¡Cómo escuchó, las primeras veces, la lamentación sonora de las melancolías románticas que se repiten en todos los ecos de la tierra y de la eternidad! Si su infancia hubiera transcurrido en la trastienda de un barrio comercial, quizás se habría abierto entonces a las invasiones líricas de la naturaleza que, ordinariamente, no nos llegan más que por la traducción de los escritores. Pero conocía muy bien el campo; sabía del balido de los rebaños, de los productos lácteos, de los arados.
Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de provecho personal; y rechazaba como inútil todo lo que no contribuía al consuelo inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que artístico, buscaba emociones y no paisajes.