Madame Bovary
Madame Bovary Las ingenuas, una lágrima en la mejilla, besuqueaban una tórtola a través de los barrotes de una jaula gótica, o, sonriendo, con la cabeza bajo el hombro, deshojaban una margarita con sus dedos puntiagudos y curvados hacia arriba como zapatos de punta respingada. Y también estabais allí vosotros, sultanes de largas pipas, extasiados en los cenadores, en brazos de las bayaderas, djiaours, sables turcos, gorros griegos, y, sobre todo, vosotros, paisajes pálidos de las regiones ditirámbicas, que a menudo nos mostráis a la vez palmeras, abetos, tigres a la derecha, un león a la izquierda, minaretes tártaros en el horizonte, ruinas romanas en primer plano, después camellos arrodillados; todo ello enmarcado por una selva virgen bien limpia y un gran rayo de sol perpendicular en el agua, de donde de tarde en tarde emergen como rasguños blancos, sobre un fondo de gris acero, unos cisnes nadando. Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la cabeza de Emma, iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante ella unos detrás de otros, en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano de algún simón retrasado que rodaba todavía por los bulevares. Cuando murió su madre, lloró mucho los primeros días.