La guerra de los judios Libros IV-VII

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Simón, el hijo de Giora, a quien el pueblo en un mo11ento de desesperación y por la confianza en que le ayudara había llamado para que viniera a la ciudad como su propio tirano[7], controlaba la Ciudad Alta y la mayor parte de la Ciudad Baja y así atacaba con más vigor a las tropas de Juan, pues éstas eran hostigadas desde arriba. Juan les hacía frente en las mismas condiciones de inferioridad que los hombres de Simón en relación con los que estaban arriba, en el Templo. Por ello sucedía que Juan, atacado por los dos 12bandos, causaba y recibía golpes con la misma facilidad. La superioridad que tenían sobre él los hombres de Eleazar, por hallarse en un lugar más bajo, la tenía también él sobre Simón por su posición elevada[8]. Así, repelía con sus manos 13vigorosamente las embestidas que le venían desde abajo, mientras que rechazaba con máquinas los lanzamientos que le hacían desde lo alto del Templo. Tenía un gran número 14de oxibelas, de catapultas y de balistas[9], con las que no sólo se defendía de los enemigos, sino que también acababa con la vida de muchos de los que allí estaban haciendo sacrificios. Aunque estaban totalmente llenos de ira para llevar a 15cabo todo tipo de impiedad, sin embargo permitían entrar a los que querían ofrecer sacrificios. A la gente del lugar la dejaban pasar bajo sospecha y con vigilancia, mientras que a los extranjeros[10] les registraban. A pesar de que estas personas pusieron en vergüenza su crueldad cuando intentaban entrar en la ciudad, sin embargo se convirtieron en víctimas de la sedición. 16Pues los proyectiles que las máquinas lanzaban con fuerza llegaban hasta el altar y el santuario y caían sobre los sacerdotes y 17los que hacían sacrificios. Muchos de los que desde los confines de la tierra habían venido a este lugar famoso y sagrado para todos los hombres caían ellos mismos delante de sus víctimas y bañaban con su propia sangre el altar que era venerado por to18dos los griegos y por todos los bárbaros[11]. Los cadáveres de los extranjeros se mezclaban con los de los habitantes del país, los de los laicos con los de los sacerdotes; la sangre de estos muer19tos tan diversos encharcaba los atrios sagrados. ¿Es que tú, la más desdichada de las ciudades, has padecido una desgracia tan grande como ésta por parte de los romanos, que entraron para purificar con fuego los odios internos de tu pueblo? Ya no eras ni podías ser el lugar de Dios, una vez que te has convertido en tumba de cadáveres de tu propio pueblo y que has hecho del Templo el cementerio de una guerra civil. Sin embargo, de nuevo podrías hallarte mejor, si alguna vez llegas a reconciliarte con el Dios que te ha devastado[12]. Pero las reglas de la historio20grafía obligan a reprimir los sentimientos, pues no es momento de lamentos personales, sino de relatar los acontecimientos[13]. Por ello, voy a contar los hechos que se sucedieron en esta revuelta.


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