La guerra de los judios Libros IV-VII

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27Mientras que la guerra se extendía por todos los lugares de la ciudad a manos de los conspiradores y del populacho, el pueblo, que estaba en medio[16], era despedazado, como si 28se tratara de un inmenso cadáver. Los ancianos y las mujeres, desesperados por las desgracias que acaecían dentro de la ciudad, deseaban que vinieran los romanos y esperaban que la guerra extranjera les librara de los males internos[17]. Un espanto y miedo terribles se hicieron presa de los buenos 29ciudadanos, pues no veían que fuera el momento oportuno para decidir un cambio ni existía la esperanza de llegar a un acuerdo ni la posibilidad de huir para los que quisieran hacerlo. Había vigilancia en todos los sitios y los jefes de los 30bandidos, aunque estaban en desacuerdo en todo lo demás, sin embargo mataban como enemigos comunes a los que querían pactar la paz con los romanos y a los que eran sospechosos de desertar; sólo se ponían de acuerdo para asesinar a personas que merecían salvarse. De día y de noche no 31cesaban los alaridos de los combatientes, aunque eran más terribles los gemidos de los que lloraban en los duelos. Los 32desastres eran la causa de los sucesivos lamentos, pero el miedo reprimía los gritos de dolor. Al silenciar sus desdichas por temor, se torturaban con los gemidos que estallaban en su interior. Los parientes ya no sentían ningún respe33to por los vivos ni se preocupaban de enterrar a los muertos. La desesperación que todos tenían por sí mismos era la causa de ambos hechos, pues los que no participaban de la sedición no aspiraban a nada, ya que tenían la idea de que iban a morir de un momento a otro. Los rebeldes pisoteaban 34en sus refriegas los cadáveres, que se amontonaban unos sobre otros, y aumentaban su crueldad al aspirar la desesperación que desprendían los muertos que estaban bajo sus pies. Siempre estaban inventando alguna forma de destruirse 35mutuamente, y, al ejecutar sin piedad todo lo que planeaban, 36no dejaban sin hacer ningún ultraje ni crueldad. Sin duda, Juan utilizó la madera sagrada para fabricar máquinas de guerra. En una ocasión, el pueblo y los sumos sacerdotes determinaron reforzar el Templo y aumentar su altura en veinte codos[18]. El rey Agripa[19], no sin grandes gastos y esfuerzos, hizo traer del Líbano la madera necesaria para ello[20], vigas dignas de ver por lo rectas que eran y por sus 37dimensiones. Pero, como la obra se había interrumpido a causa de la guerra, Juan las cortó y construyó con ellas unas torres, pues vio que eran de una longitud suficiente para hacer frente a los que le atacaban desde lo alto del Templo. 38Llevó las torres a la parte de atrás del recinto y las erigió allí, enfrente de la exedra del lado oeste[21], justamente el único sitio donde era posible, dado que los demás lugares se hallaban separados a una larga distancia por escaleras.


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