Indias blancas
Indias blancas Pero incluso él sabía que Huenu tenía razón. Laura no pertenecía a ese lugar, ni a su gente. Y aun así, había algo en ella que lo desarmaba. Sus convicciones, que antes eran firmes como el acero, comenzaban a tambalearse bajo el peso de su cercanía.
Por otro lado, en la estancia de los Escalante, la ausencia frecuente de Laura empezaba a levantar sospechas. Su padre, un hombre controlador y acostumbrado a tenerlo todo bajo su dominio, no tardó en notar su comportamiento errático.
—¿Dónde estabas, Laura? —preguntó una noche, con un tono que no admitía evasivas.
—Montando, como siempre —respondió ella con frialdad, evitando su mirada.
—¿Montando? ¿Y qué haces que no vuelves hasta tan tarde? —insistió él, dando un paso hacia ella.
—Eso no es de tu incumbencia —replicó Laura, antes de darse la vuelta y subir las escaleras. Pero sabía que las sospechas de su padre no se disiparían tan fácilmente.
La distancia entre los dos mundos de Laura y Nahueltruz parecía insalvable. Pero como dos ríos que convergen, sus caminos seguían entrelazándose, arrastrándolos a ambos hacia un abismo del que tal vez no habría retorno.