Indias blancas
Indias blancas —No sabes lo que estás haciendo, Laura —dijo él finalmente, rompiendo el silencio. Su tono era más calculador que paternal—. Ellos no son como nosotros. No entienden de leyes ni de civilización.
—¿Civilización? —respondió ella, con una amarga sonrisa—. ¿Es civilizado incendiar sus hogares y tratar a su gente como animales? Si eso es civilización, prefiero la barbarie.
Un murmullo incómodo recorrió las filas de los soldados. Su padre apretó las riendas, irritado. —Esto no es un juego. No voy a dejar que una niña me dé lecciones de moral.
—Entonces no me escuches como padre —replicó Laura, dando un paso adelante—. Escúchame como alguien que entiende lo que está en juego. Si cruzas esa lÃnea, no solo estarás destruyendo a esta gente, sino a tu propia sangre.
Por un momento, nadie habló. Las palabras de Laura resonaban en el aire como un eco. Pero su padre no era un hombre que cediera fácilmente.
—¡Atrapen a esa mujer y retÃrense! —ordenó, señalándola con un gesto.
Los soldados dudaron. Uno de ellos incluso bajó la mirada, incapaz de sostener la de Laura. Fue Nahueltruz quien rompió la parálisis, emergiendo de entre las sombras con su lanza en alto.