Indias blancas
Indias blancas —Si alguien la toca, no saldrá de aquí con vida —rugió. Su voz era un trueno que reverberaba en las almas de los presentes.
El caos estalló. Los hombres de Nahueltruz, armados con lanzas y cuchillos, surgieron de la espesura como fantasmas, rodeando a los soldados. El bosque, que había estado en calma, se convirtió en un campo de batalla.
Laura intentó gritar, detener la violencia, pero su voz se perdió en el estruendo de la lucha. Fue entonces cuando lo vio: su padre, avanzando hacia ella con una determinación fría y peligrosa.
—¡Laura, basta! —gritó él, desmontando de su caballo y agarrándola por el brazo.
—¡No! —exclamó ella, forcejeando para liberarse. Pero su fuerza no era rival para la de un hombre endurecido por los años y el poder.
Nahueltruz lo vio todo. Sin pensarlo, dejó a un lado su lanza y corrió hacia ellos. En un movimiento rápido y preciso, se interpuso entre Laura y su padre.
—Suéltala —dijo, con una calma que era más aterradora que cualquier grito.
—¿Y quién eres tú para darme órdenes? —respondió el padre de Laura, con una sonrisa desdeñosa.
—Soy el hombre que hará lo necesario para protegerla —dijo Nahueltruz, dando un paso adelante.