Indias blancas
Indias blancas Por un instante, los dos hombres se midieron con la mirada. Fue Laura quien rompió la tensión, apartándose de su padre y poniéndose entre ambos.
—¡Basta los dos! —gritó. Su voz tenÃa una fuerza que hizo eco entre los árboles—. Esto no es sobre ustedes.
El padre de Laura retrocedió, sorprendido por el fuego en sus palabras. —Esto no ha terminado, Laura —dijo, antes de girarse hacia sus hombres—. ¡Retirada!
La orden fue acatada con un silencio tenso. Uno a uno, los soldados comenzaron a alejarse, dejando a la aldea sumida en un extraño vacÃo.
Cuando todo terminó, Laura se volvió hacia Nahueltruz. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de algo más: una determinación inquebrantable.
—Esto no puede seguir asà —dijo ella, su voz apenas un susurro.
Nahueltruz asintió lentamente. —Tienes razón. Pero no sé si el mundo está preparado para lo que queremos.
Laura lo miró, y por primera vez, la esperanza pareció más fuerte que el miedo. —Entonces lo cambiaremos. Juntos.
La aldea quedó en silencio, rota pero no vencida. Y en medio de la destrucción, dos almas encontraron un propósito que desafiaba todo lo que conocÃan.