Indias blancas
Indias blancas Durante los dÃas que siguieron, Laura no podÃa dejar de pensar en él. Y aunque lo intentó, su espÃritu inquieto la llevó de nuevo al bosque. Esa vez, lo encontró solo, sentado junto al fuego.
—¿Otra vez tú? —preguntó Nahueltruz, con una mezcla de incredulidad y resignación. —No podÃa quedarme lejos —admitió ella, bajándose del caballo con cuidado. Su voz era suave, pero tenÃa un filo que sugerÃa que no aceptarÃa un rechazo fácil.
Nahueltruz suspiró, mirando el fuego. HabÃa algo en esa joven que lo desconcertaba. No era solo su valentÃa, sino su insistencia en desafiar todo lo que él creÃa que debÃa mantenerse separado.
—Eres valiente, pero la valentÃa no siempre es una virtud aquÃ. —Se giró hacia ella, su voz más suave esta vez—. A veces, es lo que te lleva a la muerte.
—Entonces enséñame a sobrevivir —replicó ella, sin dudar.
Ese fue el momento en que la llama comenzó a arder con fuerza, iluminando un camino incierto. Dos almas opuestas, destinadas a encontrarse en el fuego de sus propias contradicciones, empezaron a caminar hacia algo que ninguno de los dos podÃa prever: un vÃnculo tan fuerte como peligroso.
