El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Ya en la trastienda de la casa de la buena mujer, tendera y fondista a la vez. Un blanco rayo de sol se filtraba por la baja ventana, sobre latas y toneles de vinagre. El gordo Boujardon se sentó en el antepecho de aquélla y, vuelto hacia nosotros, con, una risotada de glotón, comía los bizcochos que halló dentro de una caja abierta y ya empezada, al alcance de la mano, encima de un tonel. El chico Roy chillaba de gusto. Se estableció entre nosotros una especie de intimidad de mala ley, y ya estaba previendo que Jazmín y Boujardon serían mis amigos. Ya cambiado el curso de mi vida, me parecía que Meaulnes se había marchado largo tiempo antes, y que su aventura era una historia vieja y triste, pero ya concluida.

En un rincón, el pequeño Roy encontró una botella de licor empezada. Delouche nos invitó a todos a tomar una capa, pero teníamos un solo vaso y bebimos del mismo. Me sirvieron primero, con cierta condescendencia, como si no estuviera acostumbrado a esos hábitos de cazadores y labriegos, lo que me molestaba un poco. Y cuando se pusieron a hablar de Meaulnes, me desvanecía en esa molestia y recuperé mi fuerza para contarles que conocía algunos pormenores de la aventura, pensando que no podía hacerle ningún daño, ya que sus hazañas hablan terminado para siempre.

Tal vez contaba mal lo que había sucedido; no producía el efecto que esperaba.


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