El Gran Meaulnes

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Mi querido François: Hoy, recién llegado a París, he ido a instalarme frente a la casa que sabes. No he visto nada. No había nadie. La casa de la que nos habló Frantz es un hotelito de planta baja y un solo piso. La habitación de la señorita de Galais debe estar arriba. Las ventanas del piso son las más ocultas por los árboles. Pero, cruzando a la vereda de enfrente, se ven muy bien. Tienen abiertas todas las cortinas y haría falta estar loco para pensar que un día, a través de uno de los visillos descorridos, va a asomarse la cara de Ivonne de Galais. La casa está en un boulevard. Cuando fui, lloviznaba sobre los árboles, que ya están reverdeciendo, y se escuchaba el nítido campanilleo de los tranvías que pasaban sin cesar. Por dos horas me he paseado, de un lado a otro, bajo las ventanas. Cerca hay una taberna en la que entré a beber, para que, no me confundieran con un ladrón que está tramando una fechoría. Después he vuelto a mi acecho, sin esperanzas… Ya de noche, aquí y allí, un poco por todos lados, se iluminaron las ventanas; pero no en esta casa. Seguramente no hay nadie. Y, a pesar de eso, la Pascua está próxima.

Cuando me disponía a marcharme, una muchacha o una mujer joven, no lo sé, se sentó en uno de los bancos mojados de lluvia. Llevaba un traje negro con cuello blanco. Y, al marcharme, seguía quieta allí, contra el frío de la noche, esperando no sé qué, esperando a no sé quién. Ya ves que París está lleno de locos como yo.


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