El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes «Mi querido amigo: Ahora sí que he perdido todas mis esperanzas. Lo comprobé anoche. El dolor, que casi no llegué a sentir, repentinamente fue incrementando a partir de ese instante. Todas las noches iba a sentarme en aquel banco, y, a pesar de todo, acechaba, pensaba, esperaba. Ayer, después de la cena, la noche era negra y calurosa. Algunas personas conversaban en la vereda bajo los árboles. Por encima del oscuro follaje, al que las luces devolvían los tonos verdes, los pisos segundos y terceros estaban iluminados. En todos lados, una ventana estaba abierta de par en par por el verano. Se veía una lámpara encendida sobre la mesa, que apenas conseguía apagar a su alrededor las cálidas sombras de la noche de junio, y se veía casi hasta el fondo de la habitación. Si el sombrío cuarto de Ivonne de Galais se hubiera iluminado también, yo me habría animado, estoy seguro, a subir la escalera, a llamar, a entrar.
La muchacha de quien te hablé estaba allí otra vez, esperando igual que yo. Pensé que ella conocería la casa y le pregunté. Sé, me dijo, que, una muchacha y su hermano, hace tiempo, venían a esta casa a pasar las vacaciones. Pero he sabido más tarde que el hermano se ha fugado de la mansión de sus padres sin que nunca hayan conseguido localizarlo. Y he sabido que la muchacha se casó. Por eso ha sido cerrada esta casa.