El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Me fui. A los diez pasos mis pies tropezaron en la vereda y estuve a punto de caer. Por la noche, ayer, cuando al fin se callaron los niños y las mujeres en los patios, y yo hubiera logrado dormirme, comencé a escuchar el rumor por las calles de los coches de alquiler. Pasaban de vez en cuando. Pero contra mi voluntad, en cuanto terminaba de pasar uno me ponía a esperar el siguiente, el cascabel, el golpear de los cascos del caballo en el pavimento. Y esos ruidos me repetían: es la ciudad desierta, tu amor perdido, la noche interminable, el verano, la fiebre.
Seurel, amigo mío, Con ¡qué grande es mi desdicha!
Agustín