El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Además, Delouche deseaba sinceramente ser mi amigo. Para decirlo todo, sería necesario explicar que al antiguo enemigo del gran Meaulnes le había gustado pasar a ser el gran Meaulnes del colegio; acaso lamentara no haber sido su lugarteniente. Creo que Jazmín, menos torpe que Boujardon, había llegado a darse cuenta de todo lo extraordinario que Meaulnes trajo a nuestras vidas. Y yo le oía repetir con frecuencia:

—Cuánta razón tenía el gran Meaulnes, cuando decía…

O bien:

—¡Ah!, como decía el gran Meaulnes…

Aquel muchacho avejentado, ademán de ser más hombre que nosotros, poseía tesoros de diversiones que establecían su superioridad: un perro mestizo, de pelaje largo y blanco, que respondía al irritante nombre de Becalí y que, sin tener aptitudes definidas para otro deporte, iba en busca de las piedras que arrojábamos lejos; una vieja bicicleta, comprada de ocasión, donde a veces nos hacía subir por la tarde, al terminar las clases, pero en la cual prefería entrenar a las muchachas del pueblo, y por último, sobre todo, un asno blanco y ciego, que podía ser uncido a toda clase de vehículos.


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