El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —No serÃa el primer abrazo que le doy —fue la respuesta del segundo.
Y comenzó a relatar unas historias picarescas sobre la joven y sus amigos, mientras que toda la pandilla, por pura jactancia, se internaba por el sendero y el señor Seurel seguÃa solo por el camino, en el carrito. Entonces, sin embargo, el grupo pareció dispersarse. Ni siquiera Delouche parecÃa muy decidido a acometer en presencia nuestra a la jovencita, que escapaba a la carrera. En ningún momento nos acercamos a ella a más de cincuenta metros de distancia. Después de unos cuantos quiquiriquÃes y cacareos, y algunos silbidos insinuantes, retrocedimos un poco avergonzados, abandonando el intento. Tuvimos que correr por el camino a pleno sol, ya sin cantar.
Entre los áridos sauzales que bordean el rÃo Cher nos desnudamos y volvimos a vestir. Los sauces nos protegÃan de las miradas, pero no del sol. Con los pies hundidos en la arena y el barro seco, no dejábamos de pensar en la botella de limonada de la viuda Delouche, que habÃamos dejado al fresco en la fuente de Grand Fonds, excavada en la orilla misma del rÃo. En el fondo se veÃan siempre unas hierbas verdosas y algunos renacuajos, pero el agua era tan clara y transparente, que los pescadores no vacilaban en arrodillarse y beber allÃ, afirmados en la orilla.