El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pero en esta ocasión ocurrió lo de siempre. Cuando, vestidos, nos sentamos en rueda, con las piernas cruzadas a la turca, para bebernos la limonada fresca con grandes vasos, resultó que después de dar su parte al señor Seurel, apenas si nos tocaba a cada uno un poco de espuma, que nos hacía escocer la garganta y no conseguía otra cosa que darnos más sed. Entonces nos dirigíamos por turno a la fuente que antes desdeñáramos, y allí acercábamos lentamente la cara a la límpida superficie del agua. Sin embargo, no todos estaban habituados a estas costumbres campestres. Había muchos, y yo entre ellos, que no lograban saciar su sed: algunos por no gustarles el agua; otros, porque el temor de tragarse alguna basura les cerraba la garganta; otros porque, engañados por la gran transparencia del agua quieta, y no sabiendo calcular exactamente su superficie, introducían en ella al mismo tiempo media cara y la boca, aspirando así por la nariz un líquido que les parecía hirviente; otros, en fin, por todas estas razones al mismo tiempo… ¡No importaba! Al hallarnos en esas áridas riberas del Cher, ese lugar nos parecía el centro de todas las frescuras terrestres. Incluso ahora, el sólo oír mencionar, en cualquier parte, la palabra «fuente», me hace pensar durante largo rato en aquella fuente concreta.