El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Regresamos al oscurecer, al principio con tranquilidad, como a la ida. El camino de Grand Fons, que subía hasta la carretera, era en invierno un arroyo y en verano un barranco intransitable, obstruido por pozos y largas raíces, que en medio de la sombra ascendían entre largas hileras de árboles. Por allí se internó, entre bromas, una parte de los bañistas.

Nosotros, en cambio, seguimos con el señor Seurel, Jazmín y varios compañeros un caminito liso y arenoso, paralelo al otro, que iba bordeando las tierras vecinas. A nuestro lado, pero más abajo, oíamos charlar y reír a los demás, invisibles entre la sombra, mientras Delouche contaba sus relatos de hombres… En la copa de los árboles del gran cercado zumbaban los insectos nocturnos, que veíamos agitarse entre el follaje. De vez en cuando uno de ellos bajaba bruscamente, y lo oíamos de pronto. ¡Qué placentera y hermosa aquella tarde de verano! Sin esperanzas, pero también sin anhelos, regresábamos de una salida cualquiera al campo… Y fue Jazmín quien, una vez más, sin proponérselo, vino a turbar la quietud.





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