El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Varias veces, al volver de Vieux-Nançay, les habÃa intrigado a Dumas y a él la antigua torrecilla gris que se alcanzaba a divisar por encima de los abetos. En medio del bosque existÃa un laberinto de construcciones en ruinas, que se podÃa visitar en ausencia de los propietarios. Un dÃa, un guarda del lugar, a quien levantaron en el coche, los habÃa conducido a la extraña finca. Pero' después todo fue destruido; según decÃan, sólo quedaba la granja y una casita de descanso. Sus habitantes seguÃan siendo los mismos: un anciano militar retirado, medio arruinado, y su hija.
JazmÃn hablaba y hablaba… Por mi parte, lo escuchaba con atención, sintiendo, sin darme cuenta, que se trataba de algo muy conocido por mÃ. En ese momento, del modo más sencillo, como suele ocurrir con todo lo extraordinario, JazmÃn se encaró conmigo y tomándome por el brazo, asaltado por una idea que se le ocurrÃa por primera vez, me dijo:
—Pero… oye, ahora me doy cuenta: es allà donde debe haber ido Meaulnes… el gran Meaulnes, ¿sabes? SÃ, sà —insistió al ver que no le contestaba—; y yo recuerdo que el guarda habló del hijo de la casa, un excéntrico de ocurrencias extrañas…
Yo no lo escuchaba más, pues acababa de comprender, de improviso, que JazmÃn acertaba. Ante mÃ, lejos de Meaulnes y de toda esperanza, acababa de abrirse —tan claro y simple como un sendero conocido— el camino de la mansión sin nombre.