El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes AL comprender que de mí dependía el desenlace de aquella grave aventura me volví tan resuelto y arrojado como desdichado, soñador y abstraído había sido en mi niñez.
Creo que fue desde aquella tarde cuando dejó definitivamente de dolerme la rodilla.
En el Vieux-Nançay —a cuya jurisdicción pertenecía el castillo de los Arenales— habitaba toda la familia del señor Seurel, y en especial mi tío Florentin, un comerciante en cuya casa solíamos pasar los últimos días de setiembre. Como no tenía que rendir ningún examen, no quise esperar a mi familia y logré que me permitieran ir a ver inmediatamente a mi tío. Sin embargo, decidí no decir nada a Meaulnes mientras no tuviera la seguridad de poder darle una buena noticia. ¿Qué ganaba con arrancarlo de su desesperación, si iba a tener que sumirlo de nuevo en ella, y acaso más profundamente que antes?