El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Durante mucho tiempo el Vieux-Nançay fue mi sitio preferido, donde pasaba los finales de mis vacaciones, pero al que íbamos muy de vez en cuando, siempre que pudiéramos disponer de un coche de alquiler. En otra época habíamos tenido ciertas diferencias con esa rama de la familia, y sin duda era por esto que Millie se hacía rogar tanto para subir al coche en cada ocasión. Pero ¡qué me importaban a mí esos disgustos! En cuanto llegaba me confundía, gozoso, entre mis tíos y primos, en una existencia constituida por mil entretenimientos y diversiones que me deleitaban.
Nos alojábamos en casa de tío Florentin y tía Julie, quienes tenían un hijo de mi edad, el primo Fermín, y ocho hijas, de las cuales las mayores: Marie Louise y Charlotte tendrían respectivamente diecisiete y quince años. Eran dueños de un almacén muy importante en una de las entradas de aquel pueblo de Solonge, frente a la iglesia; un negocio de ramos generales donde se aprovisionaban todos los cazadores de la región, aislados en aquellas tierras perdidas, a treinta kilómetros de la estación ferroviaria más cercana.
Ese almacén, con sus mostradores de comestibles y de vestimentas, daba a la ruta por varias ventanas y a la vasta plaza de la iglesia por una puerta vidriera. Pero lo extraño, aunque bastante habitual en aquel pobre paraje, es que la tierra apisonada servía de embaldosado en todo el interior del negocio.