El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Durante todo el día, los labriegos y cocheros de las residencias vecinas invadían el almacén. Chorreando agua, en medio de la neblina de setiembre, se detenían frente a la puerta vidriera las carretas llegadas desde el fondo de la campiña. Desde la cocina, escuchábamos cuanto se decían las campesinas, con la curiosidad que todos sus relatos suscitaban en nosotros…
Pero después de las ocho de la noche, cuando alumbrándonos con un farol llevábamos heno a los caballos, cuya piel humeaba en las caballerizas, todo el almacén nos pertenecía.
Marie Louise, que aunque la mayor de mis primas era una de las más menudas, terminaba de doblar y acomodar las pilas de tela y nos instaba a que la distrajéramos. Entonces Fermín y yo, junto con todas las niñas, irrumpíamos en el gran almacén, bajo las campanas de hostería, hacíamos girar los molinillos de café y trazábamos filigranas sobre los mostradores. A veces Fermín subía al granero en busca de un viejo trombón todo enmohecido, porque la tierra apisonada nos alentaba a bailar…
Me ruborizo aún pensando que, en años anteriores, la señorita de Galais podía haber llegado en un momento semejante, y sorprendernos en aquellas niñerías… Pero fue un poco antes del anochecer, en una tarde de aquel mes de agosto, mientras conversábamos tranquilamente con Marie Louise y Fermín, cuando la vi por primera vez.
La tarde misma en que llegué al Vieux-Nançay, pregunté a mi tío Florentin por la mansión de los Arenales.