El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Y me mostraba un rostro en el cual, sobre el polvo y el lodo, habían trazado sus lágrimas unos surcos sucios. Era el rostro de un niño envejecido, extenuado, deshecho. Tenía unas ojeras rojizas; llevaba la barba mal afeitada y el cabello, demasiado largo, le caía sobre el cuello sucio. Con las manos en los bolsillos, tiritaba de frío. Ya no era aquel príncipe harapiento de años atrás… Sin duda alguna, en su fuero íntimo era más niño que nunca: imperioso, fantástico y, al cabo de un momento, desesperado. Pero resultaba difícil soportar tanto infantilismo en aquel muchacho, un poco ajado ya… Antes, poseía tanta juventud orgullosa que parecían estarle permitidas todas las locuras del mundo. Ahora, se sentía uno inclinado a compadecerle por el fracaso de su vida; pero al cabo de un rato no había más remedio que reprocharle aquel papel absurdo del joven héroe romántico en que pretendía parapetarse… Y por último, aun sin quererlo, no podía dejar de pensar que el bello Frantz de los bellos amores había tenido que dedicarse a robar paró vivir, ni más ni menos que su compinche, Ganache… ¡Tanto orgullo para acabar así!

Finalmente, después de pensarlo bien, le dije:

—¿Y si yo le prometiera que dentro de unos días Meaulnes se pondrá en campaña para usted y sólo para usted?

—Meaulnes lo conseguirá, ¿no es verdad? ¿Está seguro? —inquirió, castañeando de frío.


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