El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Eso creo… Tratándose de él, nada hay imposible. —¿Y cómo voy a saberlo? ¿Quién me lo dirá?
—Vuelva usted a este sitio, dentro de un año y a esta misma hora; aquà encontrará a la mujer a quien ama. Al decir esto, no pensaba yo en importunar a los recién casados; con los datos que pudiera proporcionarme mi tÃa Moinel, ya me las arreglarÃa yo para encontrar a esa joven.
El titiritero me miraba de frente, con unas ganas admirables de confiar en mÃ. ¡Quince años! Pese a todo, Frantz seguÃa teniendo quince años, la edad que tenÃamos en Sainte-Agathe, la tarde del barrido de las aulas, cuando los tres habÃamos pronunciado aquel terrible juramento infantil…
La desesperación volvió a dominarlo cuando se vio obligado a decir:
—Está bien, nos iremos…
Con el corazón sin duda lleno de pesar, contempló aquellos bosques que nos rodeaban, y que se disponÃa a abandonar una vez más.
Alemania —declaró—. Hemos dejado nuestros coches lejos de aquÃ, y hace treinta horas que andamos sin descanso… Pensábamos llegar a tiempo para llevarnos a Meaulnes antes de la boda, y con él buscar a mi prometida, del mismo modo que él buscó el castillo de los Arenales.