El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Y luego, reincidiendo en su terrible puerilidad, me dijo al irse:
—Llame usted a su Delouche, porque si me lo encuentro al paso, no respondo de mÃ.
Poco a poco vi desaparecer entre los abetos la gris silueta de Frantz. Entonces llamé a JazmÃn y ambos volvimos a montar la guardia. Pero casi enseguida divisamos, allá lejos, a AgustÃn, que cerraba los postigos de la casa, y su actitud extraña nos llamó la atención.