El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Capítulo IX
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LAS PERSONAS FELICES

MÁS tarde supe lo ocurrido, con todo detalle. Al promediar el día, Meaulnes y su esposa —a quien yo sigo llamando señorita de Galais— se quedaron solos en el jardín de los Arenales. Cuando los invitados se marcharon, el señor de Galais abrió la puerta y, durante unos segundos, dejó que el viento corriera y gimiera por la casa. Después se marchó al Vieux-Nançay, de donde no regresaría hasta la hora de la cena, cuando cerraría todo con llave y daría instrucciones a los colonos. Desde que se han quedado solos, no llega hasta los jóvenes ningún ruido exterior, salvo el de la desnuda rama de un rosal, que golpea la ventana que da al páramo. Y como dos pasajeros de una embarcación a la deriva, en aquella casa azotada por el vendaval, son dos amantes que se han encerrado en compañía de la felicidad.

—El fuego se está por apagar —comentó la señorita de Galais, intentando alzar un leño de la carbonera.



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