El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pero Meaulnes se le adelantó y echó el tronco al fuego. Luego tomó la mano que la joven le ofrecía y ambos permanecieron junto a la chimenea, de pie, frente a frente, como ahogados por una gran noticia que no se podía mencionar. Afuera bramaba el viento con el fragor de un río desbordado. De vez en cuando, como en la ventanilla de un tren, una gota de agua cruzaba en diagonal el vidrio de la ventana. Entonces la muchacha se apartó, abrió la puerta que daba al pasillo y desapareció con una sonrisa misteriosa. Agustín se quedó un instante solo, en la penumbra. El tic-tac de un pequeño péndulo le recordaba, sin duda, el comedor de Sainte-Agathe. Sin duda pensaría:
—Ésta es la casa que tanto busqué, el pasillo antes poblado de susurros y pasos extraños…
Y en ese instante oyó muy cerca de la casa —días más tarde la señorita de Galais me contó que ella también lo había oído— el primer llamado de Frantz. Al regresar, la joven comenzó a mostrarle todas las cosas maravillosas que traía consigo: sus juguetes de niña y todas sus fotografías infantiles; ella vestida de cantinera, ella y Frantz en el regazo de su madre, que era tan hermosa. Y luego, lo que le quedaba de sus discretas ropas pretéritas.
—… Y mira este vestido, que yo usaba poco tiempo antes de que tú me conocieras, creo que cuando llegaste a la escuela de Sainte-Agathe.