El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pero Meaulnes nada veÃa, nada oÃa. Sin embargo, por espacio de un instante pareció reaccionar, al pensar en su extraordinaria, su fantástica felicidad.
—Estás aquà —murmuró con voz apagada, como si el solo decirlo le diera vértigo—; pasas junto a la mesa, y apoyas en ella un instante tu mano… —Y añadió: También mi madre, cuando joven, doblaba asà el busto sobre la cintura para hablarme. Y cuando se sentaba al piano…
La señorita de Galais le propuso tocar antes de que anocheciera. Pero como aquel rincón del salón se hallaba a oscuras, tuvieron que encender una vela. Sobre el rostro de la joven, la pantalla rosada acentuaba aquel arrebol que le teñÃa los pómulos y que indicaba una gran ansiedad. Fue en ese momento cuando yo empecé a oÃr, desde el lindero del bosque, la trémula canción que nos traÃa el viento, interrumpida de pronto por el grito de los volatineros, que se acercaban a Delouche y a mà por el bosque. Meaulnes, que miraba en silencio por la ventana, escuchó largo rato a su esposa, volviéndose varias veces para contemplar aquel dulce rostro femenino, desfallecido y angustiado, que tenÃa al lado. Se acercó a Ivonne y le apoyó levemente la mano en el hombro. Ella, sin saber cómo corresponder, sintió el dulce peso de aquella caricia junto a su cuello.
Anochece —dijo, por fin, AgustÃn—. Voy a cerrar los postigos. Pero no dejes de tocar…