El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes ¿Qué pasó en ese instante por el fondo dé aquel corazón oscuro y salvaje? Después me lo pregunté con frecuencia, y lo supe recién cuando ya era demasiado tarde. ¿Remordimientos secretos? ¿Penas inexplicables? ¿Temor de ver disiparse de pronto, entre sus manos, aquella insólita felicidad que con tanta fuerza procuraba retener? Y si no era nada de todo eso, ¿qué era? ¿La terrible tentación de destruir, inmediatamente y sin remedio, la maravilla lograda? Después de mirar una vez más a su joven esposa, salió, despacioso y taciturno. Desde el linde del bosque, nosotros lo vimos primero cerrar un postigo, indeciso; después mirar vagamente en nuestra dirección, cerrar otro postigo y, de pronto, echar a correr hacia el bosque. Llegó a nuestro lado sin darnos tiempo a pensar en ocultarnos mejor, y cuando iba a cruzar un cerco recién plantado que cruzaba un jardín, nos vio y se desvió. Recuerdo su expresión huraña, su aire de bestia acorralada. Hizo ademán de retroceder para tranquear el cerco por el lado del arroyo. Entonces lo llamé:
—¡Meaulnes! ¡Agustín!
Ni siquiera volvió la cabeza. Convencido de que era lo único que podía detenerlo, grité:
—¡Detente! ¡Frantz está aquí!
Por fin se detuvo, y jadeante, sin darme tiempo a preparar lo que podía decirle, me preguntó: