El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —¿Está aqu� ¿Qué quiere?
—Se siente desdichado —le contesté—. VenÃa a pedirte ayuda para encontrar lo que perdió…
¡Ah! Me lo imaginaba —exclamó él, inclinando la cabeza—. Y por más que me empeño en acallar esta idea… Pero ¿dónde está? ¡DÃmelo de una vez!
Le expliqué que Frantz acababa de marcharse, y que ya no serÃa posible dar con él. Meaulnes sufrió una gran decepción. Vaciló, dio dos o tres pasos, se detuvo; parecÃa haber llegado al colmo de la incertidumbre y el pesar. Le conté lo que, en su nombre, habÃa prometido a Frantz, y añadà que lo habÃa citado para encontrarnos un año más tarde, en aquel mismo sitio. AgustÃn, tan sereno, se hallaba en un insólito estado de impaciencia. Y nerviosidad.
—¡Ah! ¿Por qué hiciste eso? —prorrumpió—. Clara que puedo salvarlo… Pero debo hacerlo ahora mismo. Tengo que verlo y hablarlo, para que me perdone y poder remediarlo todo. De lo contrario, no podrÃa volver a presentarme allà —concluyó, mirando hacia la casa de los Arenales.
Yo le dije:
—¿De modo que por una mera promesa infantil, por la promesa de la escuela, vas a destruir tu felicidad?
—¡No se trata sólo de aquella promesa!