El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Asà me enteré de que algo más unÃa a los dos muchachos, aunque no logré adivinar qué era.
—En todo caso, de nada vale que corras —le advert×. Se han ido rumbo a Alemania.
Iba a contestarme, pero se interpuso entre nosotros una figura despeinada, desgarbada y melancólica: la señorita de Galais. Sin duda habÃa corrido, ya que el sudor le bañaba el rostro. Además, debÃa haberse caÃdo, pues presentaba coágulos de sangre en los cabellos y un rasguño en la frente, sobre el ojo derecho. Seguro estoy de que, aunque todos sus amigos, todo un pueblo o el mundo entero la hubieran estado mirando, la señorita de Galais no habrÃa dejado de acudir corriendo hacia nosotros, que no habrÃa dejado de presentarse asÃ, despeinada, llorosa y sucia. Pero al comprender que Meaulnes se quedaba allà y que, por lo menos en esa ocasión, no la abandonarÃa, sonrió como una niña y pasó su brazo por debajo del de AgustÃn. Ninguno de los dos habló; ella sacó un pañuelo, que Meaulnes le tomó de las manos, para limpiarle con exquisito cuidado la sangre que habÃa salpicado su cabellera.
—Ahora hay que volver —dijo él.
Bajo el soplo del hermoso viento de la tarde invernal, que les azotaba el rostro, los dejé volver solos y juntos hacia la casa de donde habÃan salido instantes atrás; él la ayudaba con la mano en los pasos difÃciles, y ella sonreÃa y se apresuraba.