El Gran Meaulnes

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Al ver tan lastimoso espectáculo, la joven ahogó un grito. Se agachó y, sin pensar en el agua ni el barro, se dedicó a separar los pollitos vivos de los muertos, protegiendo a los primeros entre los pliegues de su abrigo. Después entramos en la casa, cuya llave ella tenía. Cuatro puertas daban a un estrecho pasillo, por donde se filtraba, silbando, el viento. Ivonne de Galais abrió la primera puerta a la derecha y me hizo pasar a un aposento sombrío, donde tras un momento de duda distinguí un espejo grande y una camita cubierta con una cobija de seda colorada, a la moda campesina. Mientras tanto Ivonne, después de buscar un momento en las demás habitaciones, regresó trayendo consigo la pollada enferma en un cesto lleno de plumón, que como un tesoro deslizó bajo la cobija. Y en tanto que un rayo de sol, primero y último del día, empalidecía más aún nuestras caras y ensombrecía más el atardecer, permanecimos allí de pie, en la extraña mansión, atormentados y ateridos.

Ivonne iba a cada rato a observar el nido enfermo, de donde retiraba otro polluelo muerto para que no causara la muerte de los demás. En cada ocasión nos parecía que por los vidrios rotos del granero, algo así como un vendaval o como el dolor misterioso de unos niños desconocidos, se lamentaba en el silencio.

Por fin dijo mi compañera:


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