El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Aquà vivÃa Frantz cuando niño. QuerÃa una casa para él solo, lejos de todos, adonde pudiera ir a jugar, divertirse y vivir como quisiera. Tan extraordinario y fantástico le resultó a mi padre ese capricho, que no se lo negó… Y en cualquier momento, cuando se le ocurrÃa, un jueves, un domingo, Frantz se venÃa a vivir a su casa, como un hombrecito. Los niños de las casas de labranza de los alrededores venÃan a jugar con él, lo ayudaban a limpiar, labraban el jardÃn. ¡Era un juego maravilloso! Y llegada la noche, no temÃa para nada acostarse solo. Nosotros lo admirábamos de tal manera, que ni siquiera se nos ocurrÃa inquietarnos por él. Ahora —continuó con un suspiro—, hace ya mucho tiempo que la casa está vacÃa. El señor de Galais, abatido por el dolor y por la edad, nunca hizo nada por dar con el paradero de mi hermano, ni llamarlo. Y ¿qué podrÃa intentar…? Yo paso por aquà con mucha frecuencia. Los aldeanitos de los alrededores vienen, al patio a jugar, como en otros tiempos. Y yo me complazco imaginándome que se trata de los antiguos amigos de Frantz, que él es todavÃa un chiquillo y pronto va a volver con la novia elegida. Soy muy amiga de ellos, juego con ellos. La pollada era nuestra…