El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Tuvieron que sobrevenir aquel aguacero y aquella catástrofe infantil para que Ivonne me confiara la pena de la que nunca me había hablado, y el hondo sentimiento del hermano perdido, tan loco, tan delicioso y admirado. Y yo la escuchaba sin responder, pero con el corazón henchido de llanto.
Una vez cerradas de nuevo las puertas, y depositado los polluelos en un galpón de madera situado al fondo de la casa, la señorita de Galais me tomó del brazo con tristeza, y yo me dispuse a acompañarla en su regreso.
Así transcurrieron semanas y meses. ¡Época pretérita! ¡Felicidad perdida! Aquélla era el hada, la princesa y el amor misterioso de toda nuestra adolescencia; a mí me tocaba darle el brazo y decirle lo necesario para mitigar su pena. Mi amigo, en cambio, había huido. De esa época, de aquellas conversaciones por la tarde, una vez terminadas las clases que yo dictaba en la cuesta de Saint-Benoist-des-Chames; de esos paseos durante los cuales el único tema del cual habríamos podido hablar era el único al cual estábamos decididos a no referirnos; ¿qué podría decirles ahora? No me queda más que el recuerdo, y aún éste semiborrado ya, de un bello rostro enjuto, de dos ojos cuyos párpados descienden lentamente al mirarme, como si ya sólo quisieran contemplar un mundo interior.